
"París bien vale una misa". Esta conocida frase se le atribuye a Enrique IV, Borbón que abjuró del protestantismo y se hizo católico para poder optar al trono francés y no entrar en guerras con Felipe II, allá por 1593.
Pues eso, yo también creo que merece la pena. Es mi tercer viaje a Paris y todos han sido muy distintos. La forma en que se acomete el viaje, los posibles y la compañía determinan que sea de una manera u otra. En esta ocasión he podido hacer cosas que anteriormente no había hecho, como el viaje en barco por el Sena que, en mi opinión, es altamente recomendable. A persar del tiempo que tuvimos en el viaje (lluvia, granizo, frio, etc.), durante el periplo salió el sol y tuvimos una travesía magnífica. Ir viendo cómo iban apareciendo los edificios y monumentos más emblemáticos, era como ir descubriendo la ciudad. Nos subimos en D'Orsay, bajamos hacia L'Ille de la Cité, la bordeamos y subimos por la otra orilla hasta la Tour Eiffel. Allí nos bajamos del barco e hicimos nuestra cola para subirla. Fue precioso ir viendo desde arriba cómo anochecía y se iba iluminando la ciudad. (El problema fue el frío, aunque no nos importó demasiado).







Con respecto a las comidas, al mediodía íbamos de bocatas, en un pequeño descanso de las visitas, y por las noches cenábamos más relajadamente en pizzerías, brasseries o restaurantes.De subrayar fue la primera noche que cenamos en Le Procope, café fundado en 1686 y según su publicidad visitado por Voltaire, Danton, Marat, Robespierre o Benjamin Franklin. El sitio era precioso y tenía un menú asequible. La verdad es que conserva un sabor añejo y elegante. La comida no fue del agrado de todos (por el sabor a mantequilla que uno de nuestros acompañantes detestaba), pero nos pusieron una ternera guisada para chuparse los dedos.
































1 comentario:
Madre mía, neneta!!! Que cosa más bonica.
El próximo me voy contigo otra vez. Je, je.
Publicar un comentario